¿Qué política económica nos queda?

Estos días, además de la deflación, se han sumado nuevos riesgos a nuestra economía, la desaceleración de nuestros principales mercados, Alemania y Francia, y con ello, otra vez el nerviosismo de los capitales. En mi opinión esto ha dejado de ser una circunstancia coyuntural y ha pasado a ser estructural, un cambio de modelo. Esto es el Neoliberalismo, sin más.

Hace unas semanas estaba releyendo una comunicación de Enrique Casais “25 años de políticas económicas en Latinoamérica: Globalización financiera, inseguridad económica y desigualdad” en el que se analizaban la liberalización financiera y las continuas desregulaciones laborales en la Latinoamérica neoliberal. Las medidas que se tomaron en aquellos países difieren muy poco de las “auto”-impuestas por nuestro Gobierno. Como este es el camino que se ha marcado Europa, y España, la lógica nos dice que las consecuencias de la aplicación de esas políticas deberían ser las mismas que en Latinoamérica, esto es, inseguridad económica, alta desigualdad y crecimiento bajo.

¿Podemos hacer política económica diferente?

El giro a la izquierda que se dio en Latinoamérica a finales de los 90 y principios de este siglo no ha sido homogéneo en todo el continente. En Chile, Uruguay, Brasil el giro ha sido moderado y la socialdemocracia ha tenido algo de cancha para mejorar algunas cosas de la época neoliberal anterior, sin realizar cambios significativos de modelo. Quizás los cambios más significativos hayan sido en Bolivia, Ecuador y Venezuela, donde las políticas de los gobiernos han sido más rompedoras con la época anterior. Es importante destacar que las socialdemocracias antes nombradas poco tienen en común con las que existían en Europa, puesto que las tendencias de ambas son diferentes.

Las alternativas en nuestro país (según las encuestas), de igual forma, pasan por una socialdemocracia en horas bajas o por un partido nuevo, salido del 15M, llamado Podemos. En el primer caso, es un claro ejemplo de cómo no se ha podido casar el liberalismo social y el económico.   El conflicto entre el Estado de Bienestar, el que hizo fuerte a la socialdemocracia en Europa, y las nuevas fuerzas del Capitalismo después de la caída del Bloque Comunista ha dado como vencedor a este último. El neoliberalismo emanado de las organizaciones exteriores como la Comisión Europea ha podido al final con la democracia interna de los Estados, provocando continuos incumplimientos programáticos y generando una sensación de inutilidad democrática entre los ciudadanos. En este momento el ataque de los partidarios del mercado se centra en los restos de ese Estado del Bienestar, por lo que los socialdemócratas deben definirse, no sobre el Capitalismo, sino sobre este Capitalismo en concreto.

La otra opción, Podemos, se mueve entre el PSOE que se quedó atrás en Suresnes y las formas de los gobiernos más izquierdistas de Latinoamérica, Ecuador, Bolivia y Venezuela. No podemos obviar que también reúne ciertas características “populistas” como definirse “ni de izquierdas ni derechas”, enfatiza la democracia directa y se autoproclama como portavoz de la voz del pueblo contra un complot de los intereses económicos (enlace).

Otra política económica debería implicar una mayor inversión en gasto productivo por parte del Estado para generar empleo, recuperación de empresas de sectores estratégicos, aumento de los salarios mínimos, renta básica, etc. (programa de Podemos). Una política tendente a reducir la desigualdad en la sociedad y hacer frente a las consecuencias de la crisis. Medidas que, con algunas excepciones, han sido adoptadas en Ecuador, Bolivia y Venezuela. Sin embargo, ante problemas de desigualdad se proponen medidas asociadas a un Estado más activista minimizando los problemas que se generan, como los riesgos inflacionarios y de déficit para financiar las políticas. Como bien advirtieron Dornbusch y Edwards en 1989 (documento – en inglés) estas medidas tomadas en contra de las restrictivas ordenadas por el FMI o Banco Mundial acaban haciendo necesario volver a los programas de ajuste por los propios desajustes que han sido generados por las decisiones de redistribución. En concreto, estos autores, definen cuatro fases por las que pasará la economía de los países que opten por estas políticas expansivas:

Fase I. Todo funciona según lo previsto por los gobernantes. Al existir capacidad ociosa en la economía tampoco se produce un fuerte empuje en los precios. Los aumentos en salarios reales y la demanda se cubren con producción nacional o con importaciones.

Fase II. A medida que van apareciendo “cuellos de botella” en la economía, el empuje de la demanda debe ser corregido vía precios apareciendo problemas de inflación manteniéndose los salarios. El déficit público aumenta significativamente a causa de los subsidios que se dan indiscriminadamente.

Fase III. Escasez generalizada y aumento de la inflación. Los capitales tienden a marcharse del país. El déficit fiscal aumenta debido a la bajada de ingresos. El gobierno debe en estos momentos bajar los gastos sociales y atender a una devaluación importante, bajando los salarios reales significativamente.

Fase IV. Se hacen necesarias medidas de ajuste que suelen pagar los trabajadores del país, pues como afirman estos autores, “el capital puede huir de las malas políticas, pero los trabajadores están atrapados”.

Los países que optaron por gobiernos más izquierdistas se han enfrentado en algún momento a problemas de ingresos o de inflación, la Venezuela actual sufre mucho este último. Aunque también es verdad que han reducido la pobreza extrema, han crecido económicamente y reducido la desigualdad, al poder hacer frente al coste monetario pues disponen de abundantes recursos naturales que han supuesto importantes ingresos para el Estado.

Quizás para España esta opción sea mucho más compleja al no disponer de recursos naturales para financiar el crecimiento económico, o bien, debemos trabajar por un cambio de paradigma a nivel europeo, y quizás mundial, lo que no parece que a corto plazo produzca resultados.

¿No hay salida?

Por supuesto, depende de nosotros. Si la crisis nos deja alguna imagen positiva, ha sido la movilización social y organización ciudadana (también sucedió igual en Latinoamérica). Situémonos en las próximas elecciones generales. Deberemos elegir entre diferentes opciones, pero lo que sí que se hace necesario es hacerlo de manera consciente y asumiendo las consecuencias. A pesar de lo que muchos economistas vaticinan no hay nada más importante que la Democracia. Desde décadas el neoliberalismo ha ido maltratando disimuladamente, o no, las bases de la sociedad democrática hasta situarnos en esta disyuntiva. No ha sido culpa de unos ni de otros. Según se desprende de las encuestas, se vislumbran unos resultados ajustados, sin mayorías suficientes. Los pactos entre diferentes fuerzas serán necesarios, por lo que ahora sí, nos tocará dejarnos de “impolutismos” ideológicos y buscar espacios comunes para pactar.

Què tinguem sort!

Este artículo refleja exclusivamente la opinión de su autor.

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