Cuando el tercer trimestre apenas existe


Aprender economía de Bachillerato cuando el trimestre se deshace

El tercer trimestre en Castelló de la Plana tiene algo de ficción. Sobre el papel, hay semanas lectivas. En la práctica, todo empieza con las Fiestas de la Magdalena. Apenas una semana y media después llega Semana Santa. Entre medias y después, excursiones, viajes y actividades varias. Y, para rematar, este curso ha quedado atravesado por la huelga educativa indefinida entre el 11 de mayo y el 11 de junio, cuando el curso lectivo termina el 19. 

Con ese panorama, la continuidad en el aula es difícil de sostener. Cuesta mantener el ritmo. Cuesta cerrar temas. Y cuesta, sobre todo, que el trabajo tenga sentido más allá de una suma de sesiones aisladas. 

A eso se ha añadido, además, la insensatez de la Conselleria, que ha preferido alargar innecesariamente el conflicto antes que resolver unas reivindicaciones perfectamente razonables. Como tantas veces, se ha optado por convertir un problema negociable en un pulso político, con el resultado habitual: más ruido y más desorden en los centros. 

Y en medio de todo eso, la pregunta de siempre: 
¿qué hacer con el tiempo real de clase que queda? 

Una propuesta sencilla 

La idea fue simple: preparar una presentación oral de entre 5 y 7 minutos sobre un tema económico de actualidad cercano a su realidad. 

Los temas eran relativamente abiertos: vivienda, inmigración, mercado laboral juvenil, mujer y empresa o consumo vinculado a redes sociales. 

Podían usar inteligencia artificial. Pero no solo eso. 

También tenían un guion amplio, más largo de lo que cabía en la presentación. La idea no era darles el trabajo hecho, sino justo lo contrario: obligarles a empezar desde algo… y a partir de ahí tomar decisiones. 

No bastaba con hacerlo bien

La consigna era clara: la presentación tenía que resultar interesante para los compañeros. 

Eso cambiaba bastante las cosas. 

Ya no se trataba solo de explicar el tema, sino de: 

  • elegir bien qué contar, 
  • dejar cosas fuera, 
  • introducir algún dato llamativo, 
  • o plantear alguna pregunta que hiciera pensar. 

En otras palabras: no bastaba con hacer algo correcto. Había que hacerlo relevante. 

Tres ejemplos 

Algunos trabajos reflejan bastante bien la idea. 

B., sobre inmigración, planteó el tema como un fenómeno económico, no como un eslogan. Aparecían población activa, empleo, cotizaciones… pero también vivienda o percepción social. Y, sobre todo, preguntas finales sin respuesta fácil. 

A., sobre vivienda, construyó un relato bastante claro: de la burbuja a la actualidad, con datos, comparación territorial y causas identificadas. Más que acumular información, había una estructura que permitía entender el problema. 

N., sobre redes sociales y consumo, partía de algo evidente para ellos: viven dentro de ese entorno. A partir de ahí explicaba la publicidad camuflada, las estrategias de las marcas y sus efectos. Y terminaba con una pregunta incómoda: cuánto de lo que compramos es realmente decisión propia. 

Tener material no resolvía el trabajo 

Darles un guion o permitir el uso de IA no facilitaba el ejercicio. Lo hacía más exigente. 

Porque obligaba a decidir. 

  • Qué es importante. 
  • Qué no. 
  • Qué merece estar en cinco minutos. 
  • Y qué simplemente sobra. 

Y ahí se ve bastante bien la diferencia entre un trabajo correcto y otro trabajado. 

Cómo se usa la IA 

Otra conclusión bastante clara: no todos han usado la IA de la misma forma. 

En algunos trabajos hay selección, orden, intención. En otros, la sensación es distinta: se pregunta, se obtiene una respuesta y se da por buena. 

Eso explica algo que apareció de forma bastante evidente. 

Cuando dos trabajos se parecen demasiado 

Dos trabajos de grupos distintos, mismo tema, y un resultado muy parecido. 

  • Misma estructura. 
  • Mismas ideas. 
  • Incluso expresiones muy similares. 

Probablemente no es casualidad. Más bien parece el resultado de usar la IA de manera muy básica: una consulta y pocas repreguntas. Y eso dice bastante. Porque deja clara una idea sencilla: 


👉 la IA puede darte una respuesta rápida, pero no te da el trabajo hecho. 

Si no se cuestiona, si no se ajusta, si no se reescribe, el resultado es correcto… pero intercambiable. 

Bachillerato, PAU y una discusión abierta 

En estos días también ha vuelto el debate sobre la diferencia entre las notas de Bachillerato y las de la PAU. 

Una de las explicaciones que empieza a circular es el uso de la IA en los centros, frente a una prueba en la que no puede utilizarse. 

La hipótesis no es absurda. Pero tampoco explica todo. 

La diferencia ya existía. Y probablemente tiene que ver también con el tipo de evaluación, la presión de la prueba o los cambios recientes en la PAU. 

Ahora bien, algo sí parece claro: 
cuando la IA sustituye el trabajo intelectual, el resultado puede sostenerse dentro del aula… pero no siempre fuera. 

Incluso así, había clase 

Lo que empezó como una solución para un trimestre desordenado ha terminado siendo una de las actividades más interesantes del curso. 

No por la tecnología. No por el formato. Sino por algo más simple: obligaba a conectar la economía con la realidad del alumnado. 

A veces pensamos que innovar es hacer cosas complejas. Y no siempre. A veces basta con mirar el contexto —aunque sea caótico— y aprovecharlo. 

Porque incluso cuando parece que no hay clase, sí la hay. 

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